Alimentación y deporte
La práctica de ejercicio produce un gran desgaste de energía. Esa es la razón por la que los deportistas tienen unas necesidades alimenticias algo diferentes a las de las personas que llevan una vida sedentaria. De hecho, el gasto energético de un adulto sedentario está entre las 2.000 y las 3.000 kilocalorías diarias, mientras que el de un individuo que practica bastante deporte aumenta en unas 500 o 1000 kilocalorías.
Los alimentos mágicos que consiguen un mayor rendimiento son sólo un mito. Para que un atleta obtenga los mejores resultados y no sólo a corto plazo –lo que generalmente sería perjudicial para la salud-, debe llevar de forma habitual una dieta adecuada para ese sobre esfuerzo y para que éste no pase factura al cabo de un tiempo.
A pesar de que todo esto parece evidente y fácil de asimilar, no es así. Un estudio realizado en 1997 por la doctora Elena Quintas afirmaba que las atletas españolas no suelen seguir una alimentación adecuada a sus necesidades. Incluso llegaba a afirmar que no presentan “hábitos alimentarios más saludables que la población sedentaria”.
Una de las características de su alimentación la marca la gran cantidad de carbohidratos que deben ingerir, hasta el 67% en caso de deportistas de resistencia, de modo que en una dieta de 3000 kilocalorías, unas 1.900 deben proceder de estos nutrientes. Y es que es la principal fuente de energía para el organismo, ya que goza de una alta rentabilidad.
Se almacenan en forma de glucógeno en el hígado y el músculo. Esta sustancia es la que, por un lado, alimenta el cerebro a base de glucosa; y por otra abastece las necesidades del músculo para realizar el trabajo derivado del desarrollo de la actividad deportiva.
La importancia de los lípidos
Cuando se acaba con las reservas de glucógeno, el cuerpo echa mano de los lípidos (triglicéridos), menos rentables energéticamente que los anteriores, pero mucho más abundantes. Además, son el mejor combustible en pruebas de larga duración. Al aumentar la cantidad de carbohidratos hasta un 70%, el consumo de grasas debe representar el 30% de la dieta aproximadamente.
Este porcentaje sólo es recomendable superarlo en caso de deportes de resistencia y nunca más del 35%. Se aconseja que por lo menos dos quintas partes de las grasas que se consumen sean vegetales. Hay que tener en cuenta que los lípidos, además, aportan vitaminas liposolubles A, D y E.
Dos son las razones por las que las proteínas son importantes para los deportistas. Por un lado, su participación como enzimas en las reacciones metabólicas; por otro, su escasa participación como sustrato energético. De hecho, sólo funcionan así cuando se han agotado las reservas de lípidos e hidratos de carbono. La cantidad media recomendada para deportistas de resistencia y velocidad está entorno a 1,5 o 1,7 gramos por kilo de peso.
El calcio y el hierro son vitales en la dieta de cualquiera. Los especialistas recomiendan que el consumo del primero se aumente en los deportistas adolescentes, cuyos requerimientos son mayores al estar en fase de crecimiento, ya que es determinante en la solidez de la estructura ósea. La carencia de hierro disminuye el rendimiento, la concentración, la fuerza y la potencia, al tiempo que aumenta el cansancio.
La importancia de un buen desayuno
Hoy en día, son muchas las personas que al levantarse, prefieren realizar un desayuno ligero y no perder demasiado tiempo en preparar uno energético y nutritivo. Son habituales frases del tipo: “no puedo desayunar” o “por las mañanas no me entra nada en el estómago”. Este hecho se agudiza si la persona se levanta muy temprano.
Las prisas o la falta de apetito fomenta el conformarse con hacer malos desayunos, muy poco nutritivos e incompletos. La mayoría de las personas consiguen, a duras penas, beber un café con leche y, como mucho, un par de galletas o una pieza de bollería, sin darse cuenta, que no ingerir alimentos de este tipo durante el desayuno, constituye un error nutricional. Desayunar bien es fundamental en la dieta diaria y, algo más sencillo, en la actividad de las primeras horas de cada día.
Hay que desayunar bien
No es de extrañar que en numerosas ocasiones a media mañana las personas suelan sentirse desganadas y como sin fuerza. Para que esto no suceda, se debe entender que el desayuno es una de las tres comidas importantes del día. De hecho, según afirman los expertos en nutrición, el desayuno debe aportar nada menos que entre el 20% y el 25% de la energía que necesitamos cada día para vivir.
Hay que tener en cuenta, además, que entre la última ingesta de comida que se realiza un día y la primera del siguiente pasan muchas horas. Es decir que el desayuno es algo así como el combustible necesario para empezar a funcionar; y ese combustible debe ser muy completo y nutritivo para que cumpla enteramente su función. Esa es la razón de que sea necesario incluir alimentos que aporten glúcidos, proteínas, vitamina C y B, y minerales, especialmente calcio.
Una gran variedad
Hay muchos tipos de desayunos (varían según las costumbres de cada país), pero se puede decir que hay uno básico en el que se incluyen varios alimentos indispensables. Los dietéticos y naturistas recomiendan empezar con algo de fruta. Se puede comer una pieza fresca o, si lo prefiere, un zumo; en este caso, es recomendable que sea natural y recién exprimido para que contenga todas sus vitaminas en óptimas condiciones.
Siempre se debe incluir un lácteo, puede ser tanto un vaso de leche, como un yogur o un trozo de queso fresco. Para comer, es recomendable acompañar la comida con algún alimento farináceo como el pan, los cereales, algo de bollería o galletas. Aunque son más sanos los cereales y las tostadas, no hay porqué renunciar a la bollería; la solución será consumirla con moderación y dar prioridad a otros alimentos más sanos y que aporten menos grasas saturadas. En muchos casos es recomendable incluir algún producto que contenga fibra.
No cabe duda de que si además de los alimentos nombrados hasta ahora, se ingieren productos como huevos (duros, escalfados, revueltos), fiambre y varios tipos de quesos, el desayuno se convertirá en una fabulosa fuente de energía. Los expertos recomiendan hacer un alto en el camino por las mañanas, robarle un poco de tiempo a la cama, e invertirlo en hacer y disfrutar de un reconfortante y sabroso desayuno. Su organismo se lo agradecerá y rendirá, a buen seguro, de forma doble.
La fruta, también de primer plato
La Organización Mundial de la Salud recomienda que se incluya en la dieta diaria tanto de adultos como de niños y ancianos por lo menos cinco raciones de fruta o verdura fresca. Y es que sus virtudes son muchas. Por eso, es necesario adquirir la costumbre de su consumo y tenerla presente a diario. Es muy importante que esta práctica sea inculcada a los más pequeños.
El momento del día más estandarizado para comer fruta es después de la comida, es decir, consumirla como postre. Así se sirve tanto en restaurantes como en la mayoría de los hogares, y a ello nos acostumbran desde la más tierna infancia. Pero esta fórmula tiene un inconveniente nada desdeñable: en muchas ocasiones, al finalizar el almuerzo, llegamos sin apetito y la idea de ingerir una pieza de fruta resulta muy poco atractiva.
Hace unos años se popularizó la teoría de que consumir la fruta al comienzo de la comida, en lugar de al final, ayudaba a adelgazar. Los especialistas han aclarado que esa idea no se ajusta a la realidad. Lo que sucede es más bien que al llenar el estómago con fruta se elimina la sensación de vacío y el apetito desciende, por lo que se come con mayor moderación.
Pero este sistema tiene otras importantes ventajas. Y es que de este modo ya no vale la excusa del “ya no tengo hueco ni para fruta”. Además, según los naturistas, este hábito puede ayudar a mejorar la digestión ya que aseguran que la metabolización de la fruta al final de la comida provoca pequeños trastornos.
Una vieja costumbre
A pesar de que a mucha gente le parecerá un tanto extraño comer fruta a modo de aperitivo o de primer plato, esta costumbre lleva en vigor mucho más tiempo del que se piensa. Como ejemplos, están el veraniego melón con jamón, el popular arroz a la cubana con plátano frito, el asado de jamón cocido relleno de jugosa piña y clavos o los aguacates aliñados con gambas.
Del mismo modo, emplear frutas como ingredientes de ensaladas es una costumbre cada vez más habitual en nuestra cocina. Las más corrientes son las manzanas, naranjas, kiwis y piñas, aunque la imaginación lleva a utilizar granadas, peras, uvas pasas, melones, higos chumbos…Y casi siempre con excelentes resultados. También tienen una utilización creciente los vinagres aromatizados con frutas como la frambuesa, la uva o la manzana.
Esta tradición de mezclar los sabores dulces, azucarados y en ocasiones ácidos de la fruta con alimentos de paladar salado y amargo (lechuga, escarola, queso, canónigos, espinacas…) era la marca de la casa culinaria árabe, aquella que durante siglos marcó en gran parte las costumbres alimenticias que hoy en día se conservan.
De hecho, actualmente el boom gastronómico oriental está inundando la mayoría de las cocinas del continente europeo. Una de las bases de esa cocina es la mezcla dulce-salado. En muchos restaurantes es ya signo de modernidad cocinar una ensalada de naranja, manzana o pasas junto con lechuga y pequeños trozos de queso.
Las virtudes de la lechuga
En cada 100 gramos de lechuga, 95 corresponden a agua, casi 2 a azúcares, algo más de uno a proteínas y apenas 0´25 gramos a grasa. Por esta razón 100 gramos de lechuga apenas tienen quince kilocalorias, 5 veces menos que un yogur natural.
Los notables efectos beneficiosos que la lechuga puede proporcionar al organismo sólo se encuentran asegurados cuando se consume cruda, ya que al cocerla o calentarla, tal y como sucede con todas las frutas, verduras, hortalizas, la mayor parte de las vitaminas, antioxidantes, anticancerígenos, etc, se destruyen. Igualmente no conviene tenerla mucho tiempo en remojo, por que también se disuelven y desaparecen algunos de sus componentes.
Las sustancias más relevantes que se encuentran en la lechuga son la fibra (casi 1 gramo de fibra insoluble por cada 100 gramos de producto lo que facilita de forma notable el tránsito intestinal); cerca de 1 gramo de diversos minerales entre los que destacan el magnesio (fundamental para el hueso y la actividad del sistema nervioso) y el calcio (imprescindible para el hueso y en la prevención de la osteoporosis). Igualmente encontramos abundante vitamina B1, B2, B6 y C, junto con antioxidantes como los carotenos y la clorofila.
Son precisamente estos últimos elementos los que confieren las propiedades más notables a la lechuga: la clorofila, los carotenos, el ácido fólico que también incluye en pequeñas cantidades, etc. Así por ejemplo la probabilidad de infarto se reduce considerablemente en las personas que de manera habitual consumen lechuga fresca casi todos los días.
Efectos anticancerosos
Algunas de las razones para conseguir este efecto se relacionan con la fibra, ya que gracias a ella el tránsito de los alimentos es más rápido por el intestino y la absorción del colesterol “malo” es más lenta y menor, con lo cual no invade la sangre y se deposita en menor cantidad sobre las paredes de las arterias.
En el caso de sus efectos anticancerosos hay que recordar que muchos de sus elementos tienen una triple actividad preventiva en el caso de los tumores y del cáncer. La vitamina C y los carotenos son estimulantes del sistema inmunitario con lo cual cuando aparece una célula extraña, aberrante, es más fácil que sea detectada y destruida. Estas mismas sustancias, junto con el ácido fólico, colaboran de forma decisiva en la reproducción de las células en óptimas condiciones, asegurando que la descendencia de las células de nuestro cuerpo sea rápida y en buenas condiciones, sin alteraciones o aberraciones.
La clorofila, los carotenos, las vitaminas, actúan como elementos antioxidantes, o lo que es lo mismo, impiden el envejecimiento precoz de las células y en particular de las que se encuentran más expuestas a los agresores externos, como es el caso del pulmón, mama, útero, corazón, aparato digestivo, etc. Gracias a ellos los residuos o basura celular que diariamente se forma a partir del trabajo de las células es eliminada de forma inmediata, impidiendo que se acumule y altere las funciones propias de nuestros órganos y sistemas.
Osteoporosis
Recientemente se ha comprobado, tanto en animales de experimentación como en mujeres, que la probabilidad de desarrollar tumores de mama es mucho menor en el caso de aquellas que consumen habitualmente lechuga fresca y cruda, frente a aquellas en las que no se da esta circunstancia ó no utilizan de forma habitual otras verduras “primas-hermanas” de la lechuga como es el caso del repollo, las coles de bruselas, la coliflor o las espinacas, que, a la postre, tienen los mismos beneficios para la salud que la ésta e incluso algo superiores en algunos casos.
Mención aparte merece el caso de la osteoporosis. La lechuga incluye en su composición una cantidad importante de calcio y magnesio, además con la particularidad de que son absorbidas fácilmente y van casi directamente al hueso para formar las sales minerales imprescindibles en la adquisición de la dureza y densidad ósea. Este es un tipo de calcio que se “pega” con facilidad en el hueso(lo mismo que sucede en el caso de la cebolla), razón por la cual una dieta rica en lechuga y cebolla cruda es un buen seguro frente a la osteoporosis.
Por último debemos recordar que la lechuga tiene efectos calmantes y sedantes y asegura un buen reposo para el organismo, reduciendo los estados de nerviosismo e irritabilidad. Si quiere conciliar el sueño con facilidad nada mejor que comer un poco de lechuga (no menos de 100 gramos) en la cena. En el caso de la piel y por su elevado contenido en antioxidantes, puede librarle de las manchas que aparecen con el tiempo. Para ello solo tiene que cocer unas hojas de lechuga durante 2 horas, colar el líquido resultante y mojar en él una gasa que luego aplicará, dos veces al día, sobre la zona de la piel afectada. No obstante este es solo un ejemplo de los numerosos remedios que se pueden conseguir con esta verdura.
Los mandamientos de la alimentación sana
Debería sorprendernos que nuestros hijos no desfallezcan a media mañana y baje notablemente su rendimiento escolar; algo bastante normal si se tiene en cuenta que con frecuencia sus desayunos son muy escasos. Este es quizás el primero de los grandes errores en la alimentación: una primera comida del día que apenas se acerca al 10% del total de la jornada, cuando en condiciones normales debería incluir, como mínimo, entre el 20% y el 25% de la misma.
Empezar bien el día
Un desayuno eficaz debe componerse de leche, cereales, pan normal o tostado, algún zumo y un poco de embutido. Bajo estas condiciones, estamos asegurando una adecuada alimentación para la primera parte del día, después del “vacío” que suponen las horas nocturnas. Este hábito, sobre todo para los más jóvenes, es fundamental.
En segundo lugar, hay que recalcar el hecho de que a lo largo del día, tanto las personas adultas como los más pequeños, ingerimos muchas más calorías de las que necesitamos, razón por la cual las calorías sobrantes se van acumulando debajo de la piel, alrededor de nuestros órganos, en forma de grasa. Ésta dificulta la normal actividad de nuestro cuerpo y, poco a poco, se nota con el paso de los años.
Picoteo
El sobrepeso y la obesidad es la primera razón a la hora de buscar el origen de los problemas articulares que, como la artrosis, afectan a varios millones de personas. En este sentido lo primero que debe hacer es evitar el “picoteo”, comer entre horas, así como utilizar lo menos posible alimentos con muchas calorías.
Para ello le proporcionamos una pequeña escala de las calorías de los alimentos, clasificándolos de mayor a menor, y considerando siempre 100 gramos de cada producto.
Aceites: 900 kilocalorías por cada 100 gramos, destacando que es mejor el aceite de oliva que el resto ya que aumenta la HDL o colesterol “bueno” en la sangre.
Derivados lácteos en general: 600 kilocalorías, destacando las mantequillas, margarinas, quesos, etc. Son más recomendables las grasas de origen vegetal (margarinas) que las de origen animal, sobre todo por que apenas estimulan el aumento en el cuerpo del colesterol “malo” o LDL.
Dulces en general: que tienen cerca de 400-500 kilocalorías por cada 100 gramos (para que se haga una idea necesitará andar 45 minutos a paso ligero para eliminar las calorías proporcionadas por un pastel generoso.
Carnes: 350 kilocalorías, aunque las blancas aportan algo menos de energía que las rojas. En este punto hay que distinguir cómo se prepara el alimento, ya que las frituras aportan más calorías y menos nutrientes que las carnes a la plancha, al horno o cocidas.
Pan: por lo general 300 kilocalorías por 100 gramos, mucho más si se acompaña de salsas.
Los grandes olvidados
El tercero y más importante de los errores dietéticos es la excesiva utilización de productos que apenas nos benefician. Las frutas, verduras, cereales y hortalizas son los grandes olvidados de nuestra alimentación en favor de la carne, pescado y huevos fritos. Aquellos alimentos son los que presentan mayores cantidades de vitaminas, minerales (hierro, magnesio, yodo, flúor, manganeso, calcio), betacarotenos, clorofila, proteínas y grasas de origen vegetal, además de reportar las calorías que justas.
Con las sustancias, el cuerpo consigue no solo los elementos que necesita para su reparación y recambio, sino también sustancias antioxidantes, otras que eliminan los radicales libres y productos residuales o “basura” de las células, con los que han demostrado efectos preventivos en numerosas enfermedades y particularmente frente al cáncer de mama, útero, colon, estómago, pulmón y próstata.
Por ello, la alimentación diaria debe incluir en un 70% frutas, cereales, verduras y hortalizas en general; un 20% leche y derivados, huevos, carnes o pescados (preferentemente asados, al horno, a la plancha, cocidos, pero nunca fritos); y un 10% pan o cereales, dulces, etc. Practique estas normas básicas en su alimentación y será una persona distinta.
Muchas nueces y poco ruido
Ricas, energéticas y muy decorativas, las nueces son los frutos de un árbol denominado nogal. Recubiertas de una cáscara dura, su interior y parte comestible tiene el aspecto de un pequeño cerebro humano. Se utilizan frecuentemente como ingrediente para múltiples salsas; como parte de relleno de carnes y aves; acompañando queso, miel y, por supuesto, a solas, a modo de tentempié. Porque, aunque parezca mentira, este pequeño alimento es una potententísima fuente de energía.
En efecto, las nueces aportan proteínas, grasas e hidratos de carbono. Pero hay que tener cuidado en la cantidad que se consume, ya que contienen una enorme cantidad de calorías, nada menos que 600 por cada 100 gramos, casi la mitad de las que se requieren en una dieta de adelgazamiento. Hay que aclarar, sin embargo, que esas grasas son del tipo insaturado. De hecho se ha demostrado que consumir diariamente 85 gramos de nueces, si éstas se utilizan en lugar de las grasas saturadas como parte de una dieta con bajo contenido en grasa, disminuye el colesterol en sangre. Y, por lo tanto, reduce el riesgo de padecer enfermedades cardíacas.
Nutritivas y calóricas
Algo parecido sucede con la mayor parte de los frutos secos, familia a la que pertenecen las nueces. Los frutos secos se consumían hace miles de años, ya que constituían un alimento básico de los pueblos cazadores-recolectores. Y es que son alimentos muy nutritivos y que carecen de preparación. Aunque la cantidad de materia grasa y calorías varían según la especie, la mayoría de ellas contienen más de 550 calorías por cada 100 gramos. Por el contrario, las castañas sólo contienen 170 calorías en ese mismo peso.
Su valor nutritivo no acaba ahí. Los frutos secos proporcionan vitaminas del complejo B, fósforo, hierro, cobre, potasio y proteínas (entre tres y diez gramos), lo que equivale a comer algunos de los nutrientes que se obtienen de los animales. Esa es la razón de que sea uno de los alimentos básicos en las dietas vegetarianas, a pesar de que sus proteínas no son de la calidad de las de origen animal, ya que no contienen todos los aminoácidos que necesita el organismo para producir sus propias proteínas.Si se comen crudos, los frutos secos, además, proporcionan una buena cantidad de vitamina E. Este ingrediente se pierde cuando se tuestan.
Otros frutos secos
Además de las nueces, a las que ya hemos hecho referencia, los frutos secos más conocidos y de los que más se consumen, son las almendras. Junto con las anteriores, los más calóricos, ya que contienen 620 calorías por cada 100 gramos. En cuanto a las proteínas, cuenta con 20 gramos aproximadamente, en esa misma cantidad. Se ofrecen con cáscara, peladas, laminadas, fileteadas o molidas.
Las avellanas, que aportan unas 550 calorías por cada 100 gramos, son una fuente excelente de magnesio y cobre. Se consumen frescas, tostadas, con o sin cáscara, molidas y picadas. Los cacahuetes son los frutos secos con más proteínas (23gr/100gr) y los más económicos. Las castañas proporcionan menos calorías que el resto de los otros frutos secos y tienen el doble de almidón que las patatas. Se comen en puré, en almíbar, secas y pilongas.
Carne no, gracias. Soy vegetariano
Modelos, naturistas, actores y actrices, maestros filósofos, ecologistas, secretarias…, cada vez es más habitual conocer a gente que se declara vegetariana. Pero no nos confundamos, no se trata de una moda reciente, sino de una teoría que está casi a punto de cumplir dos siglos. La palabra vegetarianismo nació aproximadamente en 1838, lo que no quiere decir que no hubiera vegetarianos con anterioridad, sino que antes de esa fecha se hablaba de comida vegetal y dieta vegetal.
Pero no todo el mundo sabe exactamente en qué consiste la alimentación de un vegetariano. Básicamente se puede decir que los vegetarianos son aquellos que excluyen de su dieta cualquier tipo de comida de procedencia animal. De este modo, además de no comer carne (ni roja ni blanca), tampoco consumen aves ni pescado; aunque sí huevos y productos lácteos. Al contrario que los “vegan” , o vegetarianos estrictos, que consumen exclusivamente alimentos de origen vegetal.
Beneficios
Parece evidente que al suprimir de la dieta los alimentos animales y, por lo tanto, algunos nutrientes necesarios, se pueden producir ciertas deficiencias. Sin embargo, por otro lado, según determinados estudios realizados en Inglaterra, las personas con alimentación vegetariana tienen una probabilidad 40% menor de desarrollar cáncer a una edad temprana.
Del mismo modo, al tratarse de personas más delgadas y que consumen menor cantidad de grasas saturadas procedentes de productos animales, su nivel de colesterol en sangre es notablemente inferior al de los que comen carne y, por lo tanto, también padecen menos enfermedades cardíacas.
En este tipo de dietas se suele aumentar el consumo de fibra y carbohidratos complejos, lo que equivale a una mayor protección contra las enfermedades del intestino. Al mismo tiempo, este aumento significa que la comida pasa más rápidamente por el tracto digestivo y, por lo tanto, disminuye la posibilidad de padecer estreñimiento. Los vegetarianos tienen también menos riesgo de desarrollar cálculos biliares.
Detractores
La polémica está servida, ya que sus detractores aseguran que todas esas ventajas del vegetarianismo no se deben al hecho de no comer carne, sino al enorme incremento del consumo de alimentos vegetales como frutas, verduras frescas, cereales, legumbres y frutos secos, con los beneficios que ello conlleva.
La realidad es que ser vegetariano es una decisión que se debe tomar con absoluta libertad, eso sí, sabiendo exactamente sus posibles consecuencias y beneficios, así como la mejor manera de remediar las deficiencias de determinados minerales y vitaminas que provocan la falta de carne. Por ejemplo, la deficiencia de vitamina B12 puede causar anemia y el deterioro irreversible del sistema nervioso. La falta de vitamina D puede tener como consecuencia la deformación de huesos en los niños, además de incrementar la posibilidad de desarrollar osteoporosis en los adultos.
Alimentos enriquecidos
Pero para paliar la falta de determinadas vitaminas y otros componentes nutricionales, las casas dedicadas a la comercialización de productos vegetarianos ya se encargan de que los alimentos que ofrecen sean ricos en proteínas de origen vegetal. De esta forma, se complementa la dieta alimenticia en su parte nutricional y se facilita la preparación de platos manteniendo la sensación de gusto al paladar al que estamos acostumbrados por nuestro habitual régimen alimenticio.
Todos los días, por lo menos una naranja.
Sabrosas, refrescantes y asequibles, las naranjas son además una inagotable fuente de salud gracias a su alto contenido en vitamina C. Para comprobarlo, basta con este sencillo y clarificador dato: la cantidad diaria recomendable para el organismo de esta vitamina es de 60 mg; 100 gramos de naranja aportan nada menos que 50 mg.
Comiendo una naranja diaria conseguirá tener una piel sana; y es que la vitamina C, entre otras muchas cosas, ayuda a formar colágeno, esencial para la epidermis. Existen otras frutas cuyo aporte es mayor, pero que no ofrecen tantas opciones a la hora de ingerirlas. Las naranjas se puede comer en gajos, preparadas con azúcar y, por supuesto, exprimidas en un minuto y convertidas en un nutritivo zumo.
Otra de sus innumerables ventajas es que ayuda a prevenir los catarros, las anginas, las gripes y otras enfermedades infecciosas, ya que mantiene las defensas del organismo contra las infecciones bacterianas. Por otro lado, como antioxidante puede evitar el daño de los radicales libres y, por lo tanto, colabora en la inhibición de ciertos tipos de cáncer.
La mayoría de sus virtudes salutíferas son conocidas por casi todos, pero el hecho de que sea beneficiosa en el control del nivel de colesterol en la sangre puede ser una novedad para mucha gente. Esta propiedad se debe a los tegumentos que se encuentran entre los gajos y que contienen pectina. Este componente no es más que fibra soluble de la dieta que también se haya en manzanas, limones y grosellas.
La mandarina. Muy similar a la naranja es la mandarina, pero de menor tamaño y forma achatada. Una de sus ventajas con respecto a la anterior es que se pela con facilidad, empleando los dedos, lo que la convierte en una de las frutas favoritas de los niños. Su pulpa, dulce, aromática y delicada, es menos ácida que la de la mayoría de los cítricos; y su cáscara tiene un sabor fino y exótico.
El limón. De la familia de los cítricos la mayoría de la gente prefiere las ya mencionadas naranjas, las mandarinas o incluso las toronjas. El limón, debido a su sabor menos dulce, es menos apreciado. Esta fruta se utiliza básicamente para aliñar el pescado, la paella o como componente de salsas y bebidas. Sin embargo, esta fruta tiene mayor cantidad de vitamina C (80 mg. por cada 100 g.) y muy pocas calorías.
El pomelo. Aún más ácido y, sobre todo muy amargo, es el pomelo, otro miembro de la familia de los cítricos. Su zumo se incluye en numerosas dietas de adelgazamiento porque actúa como diurético. Además, tiene propiedades estomacales, antisépticas, tónicas y digestivas. Su corteza puede ser amarilla o de un tono rosado. En español al pomelo se le llama toronjo, pero realmente no es la misma fruta; éste es un antepasado de esta última.
La toronja. Muy apreciada en algunos países asiáticos y de reciente comercialización en Europa, puede ser esférica o tener forma de pera. No es tan jugosa como el pomelo, aunque su cáscara es muy aromática.
La lima. También recibe el nombre de lima agria o lima limón. De uso similar al limón, contiene menos vitamina C que éste, y se utiliza habitualmente para aromatizar ponches, cócteles tropicales, acentuar el sabor de judías y sopas de verduras, y es indispensable en el ceviche peruano.
¿Qué son los alimentos transgénicos?
Los alimentos transgénicos son el resultado de una tecnología que trabaja en el traspaso de genes entre diferentes especies, creando nuevos organismos inexistentes en la naturaleza. Desde los tiempos más remotos, el hombre ha modificado las especies con el fin de obtener animales o vegetales más adecuados al consumo. El cruce de determinadas especies para lograr híbridos es algo cotidiano tanto en la agricultura como en la ganadería.
Los supermercados están llenos de verduras que parecen hijas de la coliflor y la lechuga, o naranjas que por dentro son como limones. Pero lo innovador es la aplicación de esas técnicas de manipulación genética a los alimentos. Lo que en un principio nació en los laboratorios de grandes multinacionales estadounidenses como el gran remedio al hambre en el mundo no son más que unos alimentos más ricos en nutrientes, más fuertes y resistentes a plagas y enfermedades y que además, poseen un mayor periodo de conservación.
Objetivo y tipos
Razones más que pesadas e interesantes por las que cientos de estos alimentos copan las estanterías de los grandes supermercados, optimizando así las producciones de dichos productos. Si uno piensa que dentro de 50 años se calcula que la población mundial alcanzará los 10.000 millones de habitantes, cabe dentro de la lógica que muchos recursos tecnológicos vayan destinados a alimentar a semejante humanidad, entre ellos la ingeniería genética.
Los transgénicos se pueden clasificar en tres grupos: los organismos que se pueden utilizar como alimento y que han sido sometidos a ingeniería genética (plantas manipuladas genéticamente); los que contienen un ingrediente o aditivo derivado de un organismo sometido a ingeniería genética y aquellos que se han producido utilizando un producto auxiliar para el procesamiento (por ejemplo, enzimas) creadas por medio de la ingeniería genética.
Polémica
El problema, y causa de las constantes polémicas y campañas en contra de grupos ecologistas, es que aún se desconocen las consecuencias a medio plazo de la ingestión de dichos alimentos. Por otro lado, estos productos dañan el medio ambiente, causan alergias y son resistentes a ciertos antibióticos. A día de hoy, estos artículos se comercializan sin etiquetado distintivo (por la presión de los grandes compañías) y en muchas ocasiones mezclados con los normales (ocurre a menudo con los vegetales).
Los científicos arguyen que han de pasar muchos más controles y estudios de calidad para su comercialización que los llamados tradicionales (nadie controla los cruces que un agricultor quiera hacer en sus patatas). Sirva como ejemplo el caso del tomate MacGregor, el primer alimento transgénico comercializado: la empresa productora tuvo que hacer decenas de pruebas durante cuatro años hasta que obtuvo el permiso.
En EEUU los alimentos transgénicos y los cultivos manipulados genéticamente son habituales, y en Inglaterra son partidarios de ellos (a pesar de la férrea oposición del príncipe Carlos, que en más de una ocasión ha lanzado diatribas en contra de ellos y a favor de los cultivos biológicos). En Francia, Austria, Luxemburgo o Dinamarca son reacios a su producción. España, de momento, insiste en la obligatoriedad de informar al consumidor a través del etiquetaje.
Ajos, fuente de salud
Hace apenas un siglo, los soldados acudían a las campañas bélicas con numerosos ajos en sus mochilas que luego empleaban para tratar las heridas utilizando su “zumo” (aplicaban sobre la herida unas gotas del líquido resultante de machacar un diente de ajo). Por otro lado, hay que tener en cuenta que el ajo representa un gran almacén de vitaminas A, B y C y colabora de forma decisiva en el buen estado de la piel, una mejor defensa frente a las infecciones y un mayor equilibrio para el estado de los nervios.
Ahora bien, como todo lo bueno, también tiene algún aspecto negativo. Existen algunos inconvenientes que deben ser considerados para reducir su empleo en determinadas situaciones. El más importante es su efecto anticoagulante; que restringe su ingestión a aquellas personas que tienen problemas de coagulación de la sangre y tardan en dejar de sangrar cuando se producen una herida. Igualmente, no es recomendable utilizarlo -sobre todo crudo- días antes de una intervención quirúrgica, ya que se corre el riesgo de que las heridas producidas en el quirófano tarden más en cerrar.
Otro problema es su característico olor que, al favorecer la formación de una serie de gases que acompañan al aire que expulsamos desde los pulmones, permanece durante horas. Para reducir su presencia basta con masticar unas hojas de perejil o media manzana, neutralizando la formación de estos gases. Por último, el ajo es un alimento de difícil digestión, razón por la cual las personas que sufren problemas gástricos (úlcera, gastritis) deben consumirlo en compañía de otros alimentos y particularmente al principio de la comida.
Beneficios y virtudes
Sin embargo los beneficios del ajo son mucho mayores que sus inconvenientes, razón por la cual es considerado como “el hipocolesterolemiante y antibiótico natural”. Para aquellas personas con antecedentes de infarto de miocardio, angina de pecho, tensión arterial alta, concentraciones de colesterol en sangre elevadas, antecedentes de embolias y/o trombosis, nada mejor que ingerir ajo crudo con regularidad. Es suficiente con tomar medio o un diente crudo al día (acompañando a otros alimentos como ensaladas, carne asada, verduras) durante 3 semanas, repitiendo este ciclo cada 3-4 meses al año.
El consumo habitual (un diente de ajo crudo cada dos días es la frecuencia aconsejable) ayuda a reducir el azúcar que sobra en la sangre, con lo cual las personas diabéticas necesitan utilizar menores cantidades de fármacos hipoglucemiantes e incluso de insulina. Sobre la piel la utilidad del ajo para evitar las heridas es más que notable. Para proteger la zona lesionada basta con añadirle 1-2 gotas de ajo previamente triturado o machacado, aunque también puede utilizarse en forma de emplasto: se machaca un diente de ajo sobre una gasa o compresa y luego se aplica directamente sobre la herida, renovando el emplasto dos veces al día (mañana y noche).
Impotencia y arrugas
Algunos investigadores también asocian al ajo efectos beneficiosos contra la impotencia. Hay que recordar que muchos casos de impotencia se deben a una mala circulación de la sangre que dificulta su llegada al pene y en consecuencia la erección. En estos casos se aconseja tomar durante 15 días seguidos un diente de ajo crudo al día. Este ciclo de 15 días se debe repetir cada 2-3 meses.
Desde antiguo el ajo ha sido utilizado para tratar problemas de la piel y concretamente arrugas que se encuentren pegadas directamente a la piel, sin un tronco o pie que las estreche en la parte inferior. Muchas de estas arrugas se encuentran relacionadas con virus y el ajo colabora en su desaparición; para ello debe cortarse un diente de ajo por la mitad y, con la parte central, el corazón, frotar un par de minutos sobre la arruga. Repetir esta operación dos veces al día hasta que desaparezca la lesión.
Por último, el ajo también es beneficioso para tratar los callos y durezas, e incluso para favorecer la actividad de la memoria. En el caso de las durezas lo aconsejable es utilizar emplastos: machacar en un mortero 4 dientes de ajo, añadir un poco de aceite de oliva y dejar reposar la mezcla durante 10 minutos. Verter la mezcla sobre una gasa o compresa y aplicar manteniéndola 24 horas. Pasado este tiempo levantar la venda y, una vez reblandecida la lesión, eliminarla con la ayuda de una lima de piel, piedra pomez, etc.
En el caso de la memoria se ha comprobado que el ajo contiene una serie de sustancias que ayudan a formar los neurotransmisores o “mensajeros” que van de una neurona a otra en el cerebro, facilitando su trabajo, con lo cual se favorece en último extremo la capacidad de memoria, aprendizaje, inteligencia, etc., aunque sea de una forma leve.
