Los alimentos transgénicos son el resultado de una tecnología que trabaja en el traspaso de genes entre diferentes especies, creando nuevos organismos inexistentes en la naturaleza. Desde los tiempos más remotos, el hombre ha modificado las especies con el fin de obtener animales o vegetales más adecuados al consumo. El cruce de determinadas especies para lograr híbridos es algo cotidiano tanto en la agricultura como en la ganadería.

Los supermercados están llenos de verduras que parecen hijas de la coliflor y la lechuga, o naranjas que por dentro son como limones. Pero lo innovador es la aplicación de esas técnicas de manipulación genética a los alimentos. Lo que en un principio nació en los laboratorios de grandes multinacionales estadounidenses como el gran remedio al hambre en el mundo no son más que unos alimentos más ricos en nutrientes, más fuertes y resistentes a plagas y enfermedades y que además, poseen un mayor periodo de conservación.

Objetivo y tipos
Razones más que pesadas e interesantes por las que cientos de estos alimentos copan las estanterías de los grandes supermercados, optimizando así las producciones de dichos productos. Si uno piensa que dentro de 50 años se calcula que la población mundial alcanzará los 10.000 millones de habitantes, cabe dentro de la lógica que muchos recursos tecnológicos vayan destinados a alimentar a semejante humanidad, entre ellos la ingeniería genética.

Los transgénicos se pueden clasificar en tres grupos: los organismos que se pueden utilizar como alimento y que han sido sometidos a ingeniería genética (plantas manipuladas genéticamente); los que contienen un ingrediente o aditivo derivado de un organismo sometido a ingeniería genética y aquellos que se han producido utilizando un producto auxiliar para el procesamiento (por ejemplo, enzimas) creadas por medio de la ingeniería genética.

Polémica
El problema, y causa de las constantes polémicas y campañas en contra de grupos ecologistas, es que aún se desconocen las consecuencias a medio plazo de la ingestión de dichos alimentos. Por otro lado, estos productos dañan el medio ambiente, causan alergias y son resistentes a ciertos antibióticos. A día de hoy, estos artículos se comercializan sin etiquetado distintivo (por la presión de los grandes compañías) y en muchas ocasiones mezclados con los normales (ocurre a menudo con los vegetales).

Los científicos arguyen que han de pasar muchos más controles y estudios de calidad para su comercialización que los llamados tradicionales (nadie controla los cruces que un agricultor quiera hacer en sus patatas). Sirva como ejemplo el caso del tomate MacGregor, el primer alimento transgénico comercializado: la empresa productora tuvo que hacer decenas de pruebas durante cuatro años hasta que obtuvo el permiso.

En EEUU los alimentos transgénicos y los cultivos manipulados genéticamente son habituales, y en Inglaterra son partidarios de ellos (a pesar de la férrea oposición del príncipe Carlos, que en más de una ocasión ha lanzado diatribas en contra de ellos y a favor de los cultivos biológicos). En Francia, Austria, Luxemburgo o Dinamarca son reacios a su producción. España, de momento, insiste en la obligatoriedad de informar al consumidor a través del etiquetaje.