La polémica puso sobre la mesa dos cuestiones controvertidas: la flexibilidad de las normas vigentes y la eficacia del etiquetado.

Para cualquier consumidor, descifrar el contenido de una etiqueta supone un verdadero rompecabezas, que en más de una ocasión requeriría de un manual de instrucciones.

La desorientación que provoca este maremagnum de términos se constata en una encuesta realizada hace ahora dos años por la Confederación Española de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU) que señalaba que seis de cada diez amas de casa españolas se leían las etiquetas, pero sólo el 40% llegaban a comprenderlas.

La misma encuesta señalaba que las amas de casa se interesan sobre todo por la lista de ingredientes, la fecha de caducidad y las instrucciones de conservación y, paradójicamente, apenas atienden a los valores nutritivos. ¿Será porque nos los entienden?, ¿o porque en la mayoría de los casos las etiquetas no incluyen esta información? Ambas cosas.

Falta de información
Por un lado, tan sólo una de cada diez encuestadas identificaba las grasas poliinsaturadas como las buenas para el colesterol; por otro, según la legislación vigente, los datos nutricionales sólo son obligatorios en aquellos productos que presuman de propiedades nutritivas (“bajo en colesterol”, “rico en”…).

Las asociaciones de consumidores llevan años clamando por un etiquetado veraz, con términos menos engorrosos, caracteres de mayor tamaño e información nutricional obligatoria en todos los productos alimenticios; también consideran necesarias las advertencias sobre el riesgo para los alérgicos y las instrucciones de uso.

Aditivos, grandes desconocidos
Los aditivos son unas de las sustancias que con mayor frecuencia se encuentran en las listas de ingredientes de casi cualquier alimento. Cada mañana, cuando nos desayunamos con una tostada untada en rojísima mermelada de fresa, también lo hacemos con su correspondiente cantidad de estabilizantes y colorantes. En el aperitivo, la cerveza se acompaña de un antioxidante y un estabilizador para la espuma; también los yogures están coloreados y los precocinados, embutidos y bebidas refrescantes suelen incluir una lista ingente de estas sustancias.

Los aditivos, que en muchos casos son imprescindibles en los procesos tecnológicos, han estado siempre bajo sospecha; se les ha achacado desde la pérdida del sabor natural hasta problemas de alergias e incluso se ha hablado de su supuesto poder cancerígeno.

En la actualidad, su uso está restringido a las listas positivas vigentes; para formar parte de ellas es indispensable cumplir una serie de condiciones. El contenido de la ley parece poner de manifiesto la existencia de un filtro más que razonable en el uso de estas sustancias y abre un interrogante sobre el por qué del halo de desconfianza que les rodea.

Postura de los consumidores
La respuesta la tienen las organizaciones de consumidores que aseguran que la norma se aplica “con mucha manga ancha”. La OCU, censura el abuso que se hace de ellas y la inclusión en las listas positivas de aditivos cuya toxicidad es dudosa: “Se admiten las sustancias siempre que no se demuestre que implican riesgo, cuando deberían aceptarse sólo si se comprueba que no lo hay”.

Por otro lado, la OCU denuncia que las dosis diarias recomendadas (DDA) de estas sustancias son bajas pero que se calculan sin contar con el consumo global diario. Según la revista Compra Maestra, un menú compuesto por aperitivos salados “sabor a…”, palitos de cangrejo y una lasaña precocinada supera sin problemas los límites diarios aconsejados de ingestión de glutamato, un potenciador de sabor cuya inocuidad no consideran demostrada.