Suele ser conocida por ´la edad difícil´: las hormonas se vuelven protagonistas en una revolución biológica que hace del joven una fuente de emociones confusas. Llega el momento de afrontar una nueva personalidad en la que ni ellos mismos se reconocen. Luchan por adaptarse y buscan la identificación con el grupo de amigos. La familia ya no es su lugar natural ni muchos de los gustos y las ideas que le habían inculcado en ella.

Una nueva familia
El grupo de amigos se convierte en punto de referencia, en él encuentran una nueva manera de vestir, de hablar, de relacionarse, de afrontar una sexualidad desbordante que los estimula tanto como los desconcierta. Este cúmulo de cambios hace que la relación con el hijo adolescente ya no vuelva a ser la misma.

Generalmente se produce un alejamiento, un cierto rechazo de la familia como expresión de independencia y rebeldía. Y en ese proceso inevitable es imprescindible que los padres comprendan lo que pasa y acepten que la relación con el adolescente debe ser más de igualdad y menos jerárquica; que lo que hoy es blanco mañana será negro para su hijo; que los conflictos se producirán y que son ellos, los adultos, los que deben tener paciencia y saber encauzar lo que con el tiempo se quedará en una etapa más.

Libertad y solidaridad
Habrá que fijar límites en esa nueva relación con los hijos, pero sin que éstos supongan una soga para el joven. En cualquier caso, las normas serán imprescindibles para su posterior desarrollo como adultos. Luis María Sanz, psicosociólogo educativo y profesor tutor de Psicología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) lo explica así: “Los límites que se imponen a esta edad intentan incorporar una norma a su vida y no deben verse como algo negativo, sino como una ayuda para crecer y desarrollarse. Han de estar apoyados en valores de libertad y solidaridad y dictarlos desde una actitud de comunicación y escucha, y no desde la autoridad de la experiencia de los adultos”.

“Si interpretamos los límites o normas como prohibición, no se consigue nada. Pero si es una ayuda más o menos negociada con el objetivo de establecer criterios para que los jóvenes puedan elaborar patrones propios, entonces estamos empleando la palabra límite como acción educativa, y es lo justo”, añade Sanz. Lo que es seguro es que un adolescente, para sentirse seguro y encajar los cambios, necesita afecto, comunicación, cohesión con el ámbito familiar, cierta estabilidad económica, un nivel intelectual y cultural suficiente, tener un buen grupo de amigos e inquietudes sobre lo que acontece en su entorno.