Hay diferentes tipos de padres. Unos creen que no hay nada como una buena bofetada a tiempo y otros creen que la fuerza del dialogo lo puede todo. Para algunos la disciplina es un mal necesario y para otros el único método; todos coinciden en que sin ella no se puede educar a un niño. Pero, ¿dónde están los límites entre libertad y disciplina?

En este siglo, un nuevo modelo educativo basado en la tolerancia y el respeto a la libertad del niño vino a cuestionar la severidad y el castigo, la disciplina y la obediencia que marcaban la relación entre los adultos y los más jóvenes. Y ahora se reabre el debate: ¿hay que pegar a los hijos?

Demasiado frecuente
Para muchos, dar una bofetada a un crío en determinadas circunstancias es saludable. “Un bofetón puede ser educativo si se da en las condiciones debidas. Pero ha de ser ocasional y hay que explicar por qué se hace”, afirman algunos padres.

Según el Ministerio de Educación, los padres de más de un millón y medio de menores tienen acusada tendencia a emplear el castigo físico; de ellos, medio millón sufre habitualmente malos tratos. En última instancia, el menor está amparado por el Código Penal y el Civil, que precisan que es facultad del padre corregir a sus hijos, pero sin someterlos a castigos desproporcionados.

Regulado por la ley
Donde existen claras normas de comportamiento es en la relación entre el menor y sus maestros. El Ministerio establece que “todos los alumnos tienen derecho a que se respete su integridad física y moral y su dignidad personal, no pudiendo ser objeto de tratos vejatorios o degradantes. Tampoco podrá ser objeto de castigos físicos o morales”. En cualquier caso, todos los educadores vuelven a incidir en la importancia de la disciplina y, también, en la dificultad para imponerla al niño.

Los modelos más tolerantes, conscientes de que sus teorías tienen ciertos defectos formales, también intentan inculcar la disciplina como un ejercicio de autocontrol; pero no siempre funciona. En definitiva, la cuestión última sería qué clase de persona se quiere formar: obediente y tranquila, espontánea y con iniciativa… Incluso sabiendo el tipo de adulto que se desea confiar a la sociedad, no se conoce una fórmula segura para que el experimento tenga éxito. Quizá el secreto esté en los genes.