Aprendiendo a ser cortés

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No existe éxito en la vida, profesional o personal, si no se aprende a convivir de manera grata con los otros. La buena educación es una manera de expresar cordialidad con el entorno y, por lo tanto, de vincularse con las personas que nos rodean para mejorar las relaciones. Por ello, es un instrumento adecuado para que los niños aprendan a acercarse a los demás. La educación se vuelve, pues, imprescindible en la educación de los niños. Ya se conoce el dicho de “es de bien nacidos ser agradecidos”. Pónganlo en práctica.

Cordialidad versus ternura
La amabilidad y la educación son las maneras adecuadas de expresar la cordialidad con los demás, pero no son reales si no responden a un sentimiento de ternura. El filósofo y pensador Martin Heidegger considera la ternura como el fenómeno estructurador de la personalidad y el componente básico de la cordialidad; junto con el respeto y la bondad conforma las actitudes necesarias en toda relación social.

En la familia y en la escuela, la cordialidad-ternura se hace imprescindible por dos motivos: primero, porque desde el mismo instante del nacimiento necesitamos afecto; el segundo, porque para aprender unos modos respetuosos, amables, alegres y cálidos de comportamiento, resulta necesario vivirlos desde la infancia. Cuando a esos modos se les suman unos códigos sociales que faciliten la relación con el otro, se habrá llegado a la cortesía.

La regla es la naturalidad
Todo este proceso de aprendizaje debe comenzar en la infancia, en la familia, y tiene que prolongarse en la escuela. Hay que recordar que la educación es formar a la persona para vivir y que los comportamientos son aún más importantes que los conocimientos. Por ello, el objetivo es que los niños perciban de manera natural que hay muchos otros y que, en gran medida, serán felices si ayudan en lo posible a que los demás lo sean.

En ese cometido son útiles las herramientas de la cortesía; códigos, no reglas, que harán que las atenciones hacia otras personas se realicen y se perciban de manera natural. Por ejemplo, saludar a las personas que conviven en el mismo edificio; ceder el paso; ofrecer el asiento en un transporte público a un anciano o a una embarazada; aceptar de buenos modos que otros conductores cometan errores, y hacer todo eso con una sonrisa, es el mejor símbolo de cortesía y cordialidad. En definitiva, hacer que su actitud tenga como único fundamento el respeto a los demás; y para que sus hijos la asuman, deben verla como ejemplo en quienes los educan.

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