Las connotaciones negativas de la soltería han pasado a la historia. Solterones y solteronas fueron hasta ayer mismo una especie de lacra social que no cuadraba con los estrechos esquemas del “ser felices y comer perdices” al hilo de una única opción: casarse y tener hijos. Aquel estado “incivil” les convertía en ciudadanos de segunda y forjó en torno a ellos una oscura leyenda de esterilidad, soledad y olvido. Hoy los solteros son una clase ascendente y todo un símbolo de modernidad que, con otra propuesta de hogar, hace añicos la imagen de la familia tradicional.

El fenómeno se dispara en las grandes ciudades. París, donde la mitad de sus hogares son unipersonales, ha sido bautizada como “capital de la soledad” por los demográfos franceses. La sociedad de las familias da paso a la sociedad de los individuos llevando hasta sus últimas consecuencias eso de que cada uno en su casa y Dios en la de todos. Más de millón y medio de españoles, (1.520.900 personas, para ser exactos) practican este nuevo concepto de familia, según el censo de 1996.

Sus protagonistas son jóvenes urbanos con un futuro profesional más o menos resuelto y ciertas garantías económicas. Todo un lujo que pocos pueden permitirse en estos tiempos de incertidumbre laboral, donde acceder a una vivienda e independizarse se ha convertido en un privilegio. La mujer se apunta al carro y culmina la revolución inagurada en los albores de este siglo que se acaba. Ellos hacen su pinitos como amos de casa y se defienden bastante bien. Ambos comparten un proyecto de vida: ser autosuficentes.

En la era del individualismo a ultranza no está de moda ser débil y dependiente emocionalmente, pero no todo el mundo vale para llevar las riendas de tan desangelada familia. Eso sí, quien saborea las mieles de vivir en soledad cae rendido en sus brazos y, llegado el momento de compartir, le cuesta renunciar a sus encantos. En este ermitaño hogar se es dueño del espacio y el tiempo. Nadie te limita, oprime o exige, pero con las mismas tampoco nadie te espera, necesita o ni mima.

Las carencias se salvan con perros y gatos, a golpe de música, televisor y radio y algún capricho ocasional. Entre sus efectos secundarios destaca el volverse un maniático de cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa y el hábito de cultivar el monólogo interior hasta el punto de que luego cuando hablas no te reconoces. Lo que se lleva más cuesta arriba es cocinar para uno mismo y encima comer solo. A la hora de ligar, los chicos ya no preguntan a las chicas que si estudian o trabajan para romper el hielo. La frase mágica es: “¿Vives sola?”.