¿Para qué sirven las vacaciones? Pues, sencillamente para descansar, es decir, para no hacer nada. Esto es un poco difícil si hay niños de por medio; pero aún en estos casos se puede, y se debe, sacar ratos para disfrutar del placer de la contemplación. Dedicarse simplemente a observar todo lo que hay a su alrededor con la única pretensión de descansar es algo bastante recomendable para cualquier persona, sea cual sea su edad.

Viajes contrarreloj
Las vacaciones son, en muchos casos, una especie de carrera contra reloj que tiene como único objeto ver un número ingente de monumentos o recorrer el mayor número posible de ciudades. En muchos casos, se llega más cansado de un viaje organizado de diez días, que de una maratoniana jornada de trabajo.

El habitual caos que se vive en los aeropuertos es uno de los factores que puede convertir unos agradables días de ocio en una verdadera pesadilla. Cuando el viaje se realiza en avión, hay que contar con el previsible retraso del aparato; los dos días de viaje -uno para ir y otro para volver- pueden, fácilmente convertirse en dos y medio.

Días programados
Una vez en el destino elegido, las sorpresas llegan con la entrega del plan de actividades; entonces el turista se pregunta si se ha equivocado y terminado en unas maniobras del ejército, donde es normal levantarse al toque de diana.

Al examinar con detenimiento el itinerario, el sufrido viajero se percata de que de los diez días sólo hay uno en el que le dejan a su aire, lo que significa que esta jornada será la única en la que podrá dormir hasta la hora que quiera.

La ilusión llega a su fin cuando al llegar al hotel del primer punto de destino -aún quedan tres más-, comprueba que el desayuno se sirve sólo hasta las nueve y media de la mañana. El dilema está servido, o dormir y quedarse con la cama sin hacer -el servicio de habitaciones pasa a primera hora de la mañana-, o desayunarse viendo las ojeras que todo el grupo tiene a estas alturas.

El verdadero descanso
Cuando acaban sus diez días de descanso, en los que no ha descansado ni un sólo segundo, se acuerda con gran alegría de que todavía le quedan unos días antes de incorporarse al trabajo. Unas jornadas de respiro para recuperarse de la paliza y dedicarse al sano ejercicio de no hacer nada, aparte de dormir hasta la hora que se le antoje, comer, pasear y leer tranquilamente a sus autores preferidos. Ni siquiera se le ocurrirá coger el coche, salvo caso de máxima urgencia; la compra, por Internet.

Una vez relajado, tal vez comience a descubrir algún que otro buen momento del viaje; lo que no significa que le hayan quedado ganas de repetir una experiencia parecida. Tal vez sea el momento de recapitular viendo las fotos del intenso periplo por tierras más o menos lejanas. La conclusión final es con frecuencia la misma: dedicar los días que se deseen a conocer un sólo lugar, decidiendo por sí mismo qué ver y cuándo hacerlo. Es importante que durante las vacaciones, o incluso los fines de semana, sepa desconectar y desactivarse; su cuerpo y su mente se lo agradecerán.