Si usted vive en una gran ciudad, piense en la relación que suele establecer con sus vecinos: se saludan en la escalera; sabe que la pareja del tercero tiene gemelos; que el del primero tiene un carácter de cuidado porque siempre protesta por dónde dejan las basuras los del bajo; y quizá que Gracia, la del piso de al lado, es una mujer muy educada con un hijo bien enseñado que saluda a todos con una sonrisa.

También es posible que su relación con los que conviven en su edificio sea mucho más intensa, quizá incluso de amistad… Si es así, considérese una excepción afortunada; hoy la norma de comportamiento con los vecinos no consiste en conocerlos sino en soportarlos.

Un ejemplo
Si se propone hacer una tarta de manzana y le falta azúcar: en la mayoría de los casos baja a la tienda y lo compra, si el comercio está cerrado lo deja para el día siguiente. Porque, ¿cómo va a pedir azúcar al matrimonio de la puerta de enfrente, del que no sabe ni sus nombres?; además, va a parecer que es un gorrón que se inmiscuye en el domicilio ajeno para perturbar el ocio de los demás.

El ejemplo también es válido desde la perspectiva contraria. Llaman a la puerta y usted se encuentra con la vecina que le pide un poco de azúcar para una tarta. Se la da, claro, pero después de cerrar la puerta le dice a su pareja que le parece raro que la vecina de enfrente, de la que ni sabe su nombre, haya venido para eso. En definitiva, lo que debería ser natural se convierte en extraordinario e incluso molesto por una simple falta de comunicación previa.

Una estampa cotidiana
La mujer y el hombre trabajan y llegan tarde y cansados. En el tiempo libre diario tienen que ocuparse de la casa, de la compra o de los hijos y, con suerte, ven un rato la televisión tumbados en el sofá. La vida transcurre en el trabajo y es allí donde se hacen las amistades. Lo mismo les ocurre a los niños, que forman parte de pandillas que se hacen en el colegio y no en el barrio. Consecuencia: ¿de dónde se saca tiempo o ganas para ir a reuniones sociales con la comunidad o para pararse a hablar con el vecino que se cruza a diario en el portal?

Decídase a conversar
Si no se rompe con esa dinámica perniciosa, la conocida como unidad familiar será más unidad y menos comunidad en su propio edificio. Hay que ser conscientes de que el mejor vecino es el que se conoce, con el que se conversa y quien puede servirnos de ayuda en algún momento. No está ahí para molestar o imponer sus derechos en la comunidad. Hay que dar una oportunidad al conocimiento de los demás.

Se puede charlar con los vecinos e interesarse por su vida sin parecer entrometido, sino cortés. Una vez roto el hielo, cultive esa relación porque eso hará que su hogar sea más confortable. Por ejemplo, haga un esfuerzo y acuda a las reuniones de vecinos, un buen lugar para el encuentro más que para la disputa. A partir de entonces podrán entablarse relaciones agradables o, por lo menos, sabrá distinguir a los vecinos que merece la pena conocer mejor de los que es preferible mantenerse alejado.