Esto es lo que sucede con el polen de las plantas, flores de los árboles, etc. Hay que partir de la base de que el polen está representado por unas diminutas partículas microscópicas que miden entre 2 y 250 micras de diámetro por término medio, casi lo mismo que una célula de nuestro cuerpo.

Cuando este polen entra en contacto con las personas alérgicas, en lugar de ser neutralizado con anticuerpos o inmunoglobulinas tipo G, entran en contacto con otros anticuerpos tipo E.

Estos anticuerpos, a su vez, estimulan la secreción en diversas zonas del cuerpo (ojos, nariz, bronquios, piel) de una sustancia llamada histamina. Pero, ¿que es la histamina?.

La histamina
Este elemento, una vez “activado” en el seno del proceso alérgico, tiene 3 grandes efectos que son los que al final justifican la mayoría de los síntomas típicos de los procesos alérgicos.

Irrita las terminales nerviosas con las que entra en contacto, razón por la cual surge el prurito o picazón.
Facilita la dilatación o ensanchamiento de los vasos sanguíneos, con lo cual se hacen más permeables y pierden pequeñas cantidades de líquido desde el torrente circulatorio, surgiendo las abundantes secreciones que inundan las fosas nasales (rinorrea), los ojos (lagrimeo), ronchas o habones en la piel, incremento del moco en los bronquios (típico del asmático), etc.
La histamina también precipita una cierta contracción de la musculatura lisa o músculos involuntarios presenten en los bronquios de pequeño tamaño, dificultando la entrada del aire y con ello la respiración (situación típica del asmático).
Atendiendo a estos datos resulta más que comprensible el tratamiento habitual de la sintomatología alérgica, a base de los llamados antihistamínicos. Estos fármacos bloquean o impiden la liberación de histamina, o simplemente limitan sus efectos.

Causas
Por desgracia, a día de hoy no se conocen los mecanismos exactos por los cuales unas personas padecen alergias y otras no, aunque se les atribuye un cierto carácter hereditario.

Durante la primavera, el aire se enriquece de forma considerable de estas sustancias extrañas capaces de provocar reacciones alérgicas, como es el caso del polen de roble, del álamo, del olmo o del arce, esporas de hongos como el aspergillus fumigatus y multitud de pólenes de hierbas diversas.

El denominador común de estas sustancias es su transporte aéreo. En consecuencia afectan a las fosas nasales, la conjuntiva ocular (parte externa de los ojos), los bronquios e incluso la propia piel.

Enfermedades
Por esta razón las alergias a las plantas se manifiestan por síntomas de estos órganos en forma de rinitis, conjuntivitis, bronquitis, asma, lesiones dérmicas, etc, todas ellas con carácter estrional y que se repiten con cierta frecuencia.

La rinitis es el cuadro más frecuente ya que afecta al 20% de la población. Sus síntomas más frecuentes son abundantes secreciones nasales (rinorrea), muchos estornudos, picor en las fosas nasales, congestión nasal, etc.

Con frecuencia este proceso también se denomina fiebre del heno y puede cronificarse o prolongarse durante la mayor parte del año. En el caso de la conjuntivitis se aprecia lagrimeo, color rojizo en los ojos, hinchazón o edema de ojos y párpados, fotofobia (molestias por la luz), etc.

El asma precipitado por las plantas, por el polen, se denomina también asma extrínseco alérgico y es de los más frecuentes. Afecta sobre todo a los niños y se caracteriza por la aparición brusca, en forma de ataques, de dificultades para respirar, jadeos, tos seca y finalmente, expectoración de moco abundante y trasparente.

Cuando la reacción alérgica tiene lugar en la piel suele manifestarse por manchas sonrosadas en la piel (eritemas), máculas o ronchas en las zonas de la piel expuestas al aire, picor, etc.