La mayor parte de las células se reproducen de continuo para desarrollar, reparar o reemplazar los órganos y tejidos. El cáncer supone una alteración de esta tarea celular que, por misteriosas causas, inicia un proceso anormal de crecimiento incontrolado.

En los países occidentales el cáncer de mama se ensaña con una de cada diez mujeres, y acapara cerca del 20% de todos los tumores que afectan a la población femenina, donde entre los 50 y los 65 años, supone la principal causa de muerte. Pese a la artillería médica desplegada en las tres últimas décadas en desarrollo de técnicas contra el cáncer de mama, su incidencia ha aumentado un 1% anual.

Entre sus desencadenantes más habituales, son determinantes los trastornos hormonales asociados a los estrógenos. En términos de riesgo mamario, se considera crucial la fase comprendida entre la primera regla y el inicio de la menopausia, un periodo que hoy se prolonga mucho. También se hacen notar como amenaza: la ausencia de embarazo, un primer embarazo tardío y las irregularidades menstruales.

Incremento del riesgo
La existencia de antecedentes familiares muy cercanos, normalmente suele ser la madre o la hermana, también incrementa de dos a cuatro veces el riesgo de padecer esta enfermedad.

Además, se detecta una frecuencia hasta cinco veces mayor entre mujeres que llevan una alimentación rica en grasas saturadas. En los próximos años asistiremos a una revolución medico-hormonal en la prevención del cáncer de mama con empleo de sustancias bloqueantes de la acción cancerígena. Otros frentes preventivos se centran en los hábitos alimenticios y en el papel de los factores genéticos para detectar a aquellas mujeres que presentan alto riesgo.

Por fortuna, esta enfermedad ha dejado ser sinónimo de muerte y su diagnóstico precoz es todo un salvaconducto en una batalla librada contra reloj. La autoexploración y las revisiones ginecólogicas periódicas, que deben incluir el examen de las mamas, resultan imprescindibles.

Se estima que el cáncer de mama puede evolucionar durante 10 ó 15 años antes de manifestarse clínicamente. La mamografía es el mejor sistema de detección, ya que puede advertir su presencia antes de que se haga notar. A partir de los 40-45 años, conviene someterse a esta prueba de forma periódica, aunque las mujeres con antecedentes directos deberán adelantar este tipo de controles a los 35.

Tratamientos
Hasta hace unos años el único tratamiento posible era la mastectomía o extirpación del pecho afectado. Hoy se ha impuesto la cirugía conservadora, siempre y cuando lo permita el tamaño y las condiciones del tumor. En estos casos se procede a extirparlo en compañía de 1-2 cm de tejido sano y de los glangios axilares que correspondan.

A continuación entran en escena otras dos armas: la quimioterapia y la radioterapia. La primera implica un tratamiento con fármacos muy potentes cuya misión es detener la división de las células tumorales. Su agresividad también ataca al tejido normal y suele implicar efectos secundarios serios, aunque pasajeros y reversibles, como vómitos, cansancio y caída del cabello.

La radioterapia emplea energía radiante de alta intensidad con objeto de eliminar selectivamente las células cancerosas, más sensibles que los tejidos circundantes. La solución última es la mastectomía seguida de la quimioterapia. Tan dramática solución se ha visto aliviada por la cirugía plástica, que obra milagros con sofisticadas técnicas de implantación de prótesis.