La boca es un hotel de cinco estrellas para muchas bacterias cuya actividad metabólica puede acabar con su sonrisa. Su desarrollo depende de la predisposición genética de cada uno, de la higiene, de los alimentos que ingiere y de los hábitos alimenticios. La caries se define como una enfermedad infecciosa que destruye de forma progresiva los tejidos duros del diente.

Formación
La agresión se inicia en el esmalte que recubre la corona, un tejido susceptible a la remineralización y a la desmineralización. Si el proceso avanza, las bacterias se ensañan con la dentina o marfil y más tarde atacan a la sensible pulpa. En ésta coinciden un enjambre de nervios, vasos sanguíneos y linfáticos que dan lugar a la aparición del molesto dolor que hace saltar la alarma.

Tipos de bacterias
De entre todas las bacterias que habitan en nuestra boca con oscuras intenciones, la familia de los streptococos se lleva la palma, en especial el Streptococcus mutans., cuyo potencial destructor es doble. Por un lado, tiene la capacidad de formar una placa dental resistente (película de proteínas salivares, bacterias y residuos alimentarios), que se acumula en la superficie de los dientes y con la que empieza a minarlos.

Por otra, es capaz de fermentar todos los azúcares simples con los que se encuentra, lo que le convierte en un generador de ácidos en potencia. Estos ácidos, sobre todo el láctico, funcionan como poderosos disolventes sobre los elementos minerales que componen nuestras preciadas herramientas dentales.

El azúcar
Las bacterias cariogénicas sienten predilección por los dulces. El consumo de azúcares, ya sean naturales o refinados, potencia la aparición de la caries. El tiempo de contacto del azúcar con el diente es un factor clave a la hora de la prevención; a igual cantidad de azúcar, produce más caries un alimento sólido que otro líquido. Además, la frecuencia de los contactos también juega una baza importante. Hay que tener en cuenta que tras una comida, y durante al menos una hora, el PH de la placa dental disminuye y las bacterias campan por sus respectos.

Ingerir alimentos con azúcares entre horas supone para ellas una dosis extra y lo más normal es que no se tenga un cepillo a mano para contrarrestar sus efectos. La higiene dental es la mejor arma para enfrentarse a esta batalla. Hay que cepillarse los dientes tras cada comida y siempre antes de que hayan transcurrido quince minutos. Por la noche, es una norma de obligado cumplimiento.

Además, se recomienda el empleo de pasta dentífrica fluorada -ya que parte del floruro aplicado es absorbido por el esmalte- y el uso de seda dental para eliminar los residuos inaccesibles para el cepillo. A estas medidas preventivas hay que sumar las revisiones periódicas por parte de un profesional.