El corazón dispone de dos arterias para su constante alimentación, llamadas arterias coronarias. Al igual que sucede con las cañerías que transportan el agua en el interior de una casa, que se van obstruyendo cuando en el agua circulante hay muchas sales y otros minerales, las arterias coronarias se estrangulan con el paso del tiempo por influencia de hábitos inadecuados como los citados anteriormente (exceso de colesterol “malo” o LDL en la sangre, alcohol, sedentarismo, hipertensión arterial, etc.).

Las paredes de las arterias se vuelven más gruesas, se endurecen y dificultan el paso de la sangre por su interior. La limitación del paso de la sangre hace que se reduzca el aporte de oxígeno y otros alimentos al músculo cardíaco, éste chilla, produciendo el dolor típico de la angina de pecho: una sensación aguda de opresión en el pecho, cuello o brazo izquierdo.

Si la ausencia de sangre se prolonga en el tiempo (más de 20-30 minutos), llega un momento en el que las fibras musculares fallecen; nos encontramos ante el infarto de miocardio con su dolor característico. Un infarto es lo mismo que una parte del corazón muerta, dos infartos dos áreas sin funcionar, tres son ya demasiados.

Para proteger el corazón de los infartos de miocardio debemos conocer sus principales enemigos y defenderle de ellos; algo así como blindar al corazón y sus arterias. El primero de estos enemigos es el exceso de colesterol, una grasa imprescindible para el organismo (forma parte de las células, colabora en la formación de hormonas, etc.).

Colesterol
Cuando su concentración en sangre supera los 220 miligramos por cada 100 mililitros de sangre, una parte del colesterol, el “malo” o LDL, tiende a pegarse en las paredes de las arterias. Con el tiempo, el pegote se endurece con el calcio que circula libremente por la sangre y forma pequeñas piedras que obstruyen las arterias; las coronarias son unas de las más afectadas.

Este colesterol LDL abunda en las denominadas grasas saturadas como es el caso de las vísceras, embutidos, quesos, carne grasa, tocino, yemas de los huevos, mantequilla y productos similares. Conviene aportar a nuestro cuerpo más colesterol HDL como el que se obtiene del aceite de oliva y otros de origen vegetal, los cereales integrales, verduras, legumbres, frutas, frutos secos, y en general todos los alimentos ricos en grasas poliinsaturadas.

La actividad física regular en cualquiera de sus vertientes (golf, natación, paseo, bolos, bailar, correr, bicicleta) también colabora al buen mantenimiento de las arterias coronarias. El deporte contribuye a reducir el peso corporal y estimular la actividad del sistema cardiovascular y por tanto, colabora a elevar en sangre el HDL, un tipo de colesterol que además de no pegarse a las paredes de las arterias y ser más saludable, también ayuda a eliminar parte del colesterol “malo”.

Plan de ataque
Por eso es imprescindible que cualquier persona que ha sufrido un infarto de miocardio o una angina de pecho, practique una actividad física con cierta regularidad. El alcohol es otro de los enemigos del corazón, en determinadas circunstancias. Si se consume de forma moderada, como pueden ser 20-25 gramos diarios (un vaso de vino o dos vasos de cerveza o un vermut), puede tener un cierto carácter protector frente al infarto, ya que favorece la dilatación de las arterias, posee un efecto antiagregante plaquetario (menos trombosis y embolias), etc.

Pero si se ingiere por encima de esas cantidades, entre otras cosas, debilita las fibras musculares cardíacas, reduciendo poco a poco su fuerza de contracción y favoreciendo el infarto o la insuficiencia cardíaca. Tenga en cuenta que un vaso de vino equivale a 19 gr. de alcohol, una caña de cerveza 10 g, una copa de licor 16 gr. y un vaso de whisky, 30 gramos.

Tensión arterial
La hipertensión arterial también representa un peligro para el corazón, ya que cuanto mayor sea, más trabajo y fuerza debe ejercer en cada contracción, y más se erosionan las paredes de las arterias. Hay que tomarla de vez en cuando y con un tensiómetro digital podrá comprobar que no supera la cifra de 85 o 8´5 para la baja y 135 o 13´5 para la alta.

Lo mismo sucede con el tabaco ya que, entre otras cosas, favorece la elevación de la tensión arterial. Además, el monóxido de carbono y la nicotina favorecen la unión de las plaquetas de la sangre, formándose pequeños coágulos que obstruyen las arterias. Fumar casi un paquete de cigarrillos al día duplica el riesgo de infarto. Dejar de fumar permite que al cabo de 10 años sin el hábito, el riesgo de infarto sea igual al de los no fumadores.

En cualquier caso, recuerde que la confluencia de estos factores agresores del corazón no solo tienen un efecto sumatorio, sino muchas veces multiplicador. Una persona que fuma y tenga estrés, no duplica su riesgo de infarto, sino que lo multiplica por cuatro.