Rodrigo de Jerez y Luis de Torres son los primeros europeos que ven a seres humanos fumando. Corre el mes de noviembre de 1492 y la primicia tiene lugar en la isla La Española, territorio que hoy comparten Haití y la República Dominicana. Desde entonces ha llovido mucho y, durante este tiempo, el vicio del tabaco se ha extendido de forma increíble.

Parece que fue ayer cuando la ‘vedette’, Sara Montiel cantaba aquello de “fumar es un placer sensual, vital… que alivia el corazón”. Hoy esta letra sería censurada por políticamente incorrecta. La Philip Morris ha reconocido públicamente que la nicotina crea adicción y que fumar ataca directamente al pulmón. Su estrategia se parapeta tras un “quien avisa, no es traidor”. De esta forma, la poderosa empresa se cubre las espaldas y convierte al fumador en el único responsable de sus actos. Algo similar ocurre en Europa con la ya mítica leyenda “Las autoridades sanitarias advierten…” que adorna todos los paquetes de tabaco del continente.

Adicción, cáncer y muerte
El tabaco se cobra cada año millones de vidas en el mundo y la sociedad ya no lo percibe como un placer, sino como el responsable de la muerte de uno de cada cuatro consumidores habituales. En España fallecen entre 30.000 y 40.000 personas al año, a causa de cáncer broncopulmonar y enfermedades respiratorias y cardiovasculares relacionadas con el humeante hábito. La Organización Mundial de la Salud define el acto de fumar como un fenómeno social, psicológico y farmacológico.

La nicotina, una de las tres sustancias tóxicas presente en el tabaco junto con el monóxido de carbono y el alquitrán, es la responsable de la adicción. Más de un paquete diario supone una dosis suficiente como para notar privación si se abandona, y encender un cigarrillo media hora después de levantarse se considera un síntoma de dependencia.

Sin embargo, el fumador no se ve a sí mismo como un enfermo. Para él forma parte de un estilo de vida y abandonarlo entraña todo un cambio de actitud y de conducta muy díficil y complicado de llevar a cabo.

Abandonar el hábito
Dejar de fumar no es fácil, pero se puede lograr, siempre y cuando el objetivo no sea reducir su consumo, sino eliminarlo totalmente. Durante los primeros días de abstinencia es normal que le asalte una necesidad imperiosa de saborear de nuevo el humo. En esta primera etapa deberá sujetar los caballos con fuerza. La irritabilidad y la falta de concentración acechan de cerca y el apetito se desata; normalmente se cogen unos kilos que volverá a perder con el tiempo.

Otros primeros síntomas negativos son el estreñimiento y una mayor segregación mucosa que acompaña al proceso de regeneración de las vías respiratorias. Frente a estas molestias, los benéficos son inmediatos.

Se recuperan los atrofiados sentidos del gusto y del olfato, el rendimiento físico es mayor y el aspecto estético mejora a ojos vista. Los estetas no deben olvidar que el tabaco provoca un envejecimiento prematuro de la piel, genera mal aliento y amarillea los dientes.