Desde el final de milenio se asiste en butaca de patio al desconcertante despliegue de las llamadas enfermedades de la civilización. El protagonismo del estrés no tiene límite y sus costes laborales, sociales y personales tampoco.

Su siniestra sombra se proyecta sobre el absentismo, el divorcio, las arcas de la Seguridad Social, el alcoholismo, la depresión, la caspa y caída del cabello, los problemas sexuales, la neurosis, el tabaquismo, el insomnio o la drogadicción. También se persona en el desarrollo del cáncer, el asma, la gastritis, la colitis, la migraña…

Estrés urbano
El estrés afecta a una úlcera más que la alimentación, y hasta los veterinarios se lo diagnostican a perros y gatos. Lo extraño hoy es vivir en una ciudad y no padecerlo, aunque cualquier día nos sorprenderán hablando del estrés rural. Uno se siente indefenso y amenazado en un mundo competitivo e insolidario donde todo cambia a un ritmo de vértigo.

Estar a la altura de las circunstancias y dar la talla en cada uno de los frentes se convierte en una empresa titánica. La presión psicológica de este “vivir al borde” se instala furtivamente en las ajetreadas cabezas de los “urbanitas” y, a partir de ese momento, se llama estrés a todo lo que agrede.

El ruido, las prisas, la hiperactividad o el exceso de responsabilidades genera una tensión diaria a la que el organismo responde. La reacción más visible es la aceleración del ritmo cardiaco y la respiración, pero también se traduce en estados de irritabilidad, ansiedad, angustia existencial… A su vez, estos síntomas repercuten en la vida cotidiana y, reconvertidos en causas, precipitan a un círculo vicioso.

Cambios necesarios
La solución pasa por aprender a encajar sus golpes a base de introducir cambios en los hábitos de vida y profundizar en las técnicas de relajación. Es importante controlar la dieta y el consumo de estimulantes (café, té, alcohol, tabaco, drogas…). En situaciones de estrés el cuerpo no da a basto para eliminar tóxinas y esto provoca una sensación de fatiga crónica. Para recuperar el tono vital, beba mucha agua y tome un baño al menos una vez por semana.

Relajación natural
Escuchar música, darse una ducha caliente o pulverizarse el rostro con agua fría son pequeños trucos que ayudan a relajarse, aunque no está de más acudir a métodos más sofisticados como el yoga, el masaje o la sofrología. Practicar algún deporte también es una forma de descargar tensiones.

Entre las hierbas, destacan el espliego, la melisa, la valeriana, la salvia, el romero y el ginseng. La jalea real, el polen y los suplementos vitamínicos aportan su granito de arena. El magnesio hace disminuir la excitación nerviosa y está presente en los frutos secos, el chocolate, las legumbres, los cereales con cáscara, etc.