Numerosos colegios, especialmente públicos, están intentando facilitar la incorporación de niños con discapacidades leves a grupos de alumnos sin problemas. Las minusvalías que no son muy profundas permiten acceder a un aprendizaje normal, aunque algo más lento. En la tarea de lograr la asimilación de estos alumnos se aplican en especial sus propios padres y los profesores. Sin embargo, el trabajo mayor se da con frecuencia con los otros niños, que deben aprender a entender y aceptar a un compañero que, de alguna manera, es distinto a ellos.

Aprender a integrarlos
Como consecuencia de su retraso, estos niños suelen compartir curso con otros de edad inferior. Para ellos no supone un problema, pero para el resto de la clase es una dificultad añadida. Desde un principio, el profesor debe emplearse a fondo en buscar soluciones para impedir el aislamiento del recién llegado. Los problemas se acentúan si los compañeros no han tenido una formación previa, dentro y fuera del colegio, que tenga que ver con la tolerancia con los que son diferentes.

En primer lugar, es conveniente explicarles en lo posible la anomalía del nuevo alumno; hacerles comprender sus limitaciones y también sus posibilidades. Nada tiene que ver la capacidad mental con el carácter y, por lo tanto, la relación puede ser tan amistosa y cercana como lo quieran los otros chicos.

Por otro lado, es fundamental que los compañeros aprendan en qué medida pueden ayudarle o exigirle, y qué cosas pueden hacerle daño. En este proceso es conveniente poner ejemplos reales sobre otras muchas diferencias que marcan nuestras vidas.

Todos somos diferentes
Aprender es asimilar las distintas realidades que rodean al individuo; un buen camino para conseguirlo es mostrar a los niños sus propias diferencias frente a los demás. Hay que enseñarles que cualquiera de ellos es más bajo que los demás, más débil, más gordo o más flaco, más hábil con las manos o mejor deportista -o todo lo contrario-, y que esas características no deben marcar su relación con los otros.

Comprenderán que todos pueden tener un defecto si se los compara con otros compañeros, y que eso puede hacerles sentir mal. Pronto, aprenderán que lo mejor para evitarlo es no hacer a los demás lo que no les gusta que les hagan a ellos.

Educar desde casa
Con frecuencia, los niños se muestran crueles y no es raro que ridiculicen al compañero que sufre la minusvalía. En esos casos, el educador debe hablar con esos alumnos y hacerles comprender las consecuencias de su actitud. Si fueran reincidentes, habría que avisar a los progenitores con el fin de que les demuestren, incluso con el castigo, que tales comportamientos son tan dañinos para el burlador como para el burlado.

Y es que hay una premisa muy clara, para problemas como éste o para otros similares: si en casa no se educa con el ejemplo, poca mella hará lo que se enseñe en clase.