Esta circunstancia hace que después de un año, y salvo las células del sistema nervioso o neuronas, todas las células del cuerpo humano se han renovado; son distintas, han cambiado. Esta velocidad de división viene marcada y definida por el material genético de cada una de éstas, por su ADN. Sin embargo, este material genético y las propias células pueden verse lesionadas por factores externos, acelerando así su velocidad de “recambio”. En esta situación, el número de células desciende y, en el caso de la piel, se pierde la flexibilidad, aparecen las arrugas, etc.

De la misma manera que sucede con un trozo de hierro cuando permanece a la intemperie, el cuerpo se oxida si se expone a elementos como el tabaco, los contaminantes ambientales, el sedentarismo, etc. Ya en 1.956 el Dr. Harman postuló la denominada teoría del envejecimiento basada en la oxidación de las células. Para entender cómo se produce este proceso hay que recordar que la actividad constante de nuestras células fabrica una serie de elementos residuales denominados radicales libres.

Estos elementos, si no son eliminados de manera adecuada y constante, desestabilizan la actividad celular. Su acumulación puede provocar que las enzimas o proteínas especiales que dirigen la mayor parte de actividades celulares alteren la membranas formando en ellas poros o túneles que la convierten en inservible; incluso tienen capacidad para lesionar el material genético facilitando la llegada del envejecimiento precoz y de las lesiones tumorales o cancerosas..

Incrementar los riesgos
Dentro de los factores que favorecen producción masiva de radicales libres, y con ello del envejecimiento precoz, hay que citar situaciones psicológicas como el estrés, nerviosismo, angustia, ansiedad. También hay que tener en cuenta ciertos hábitos nocivos, como la alimentación rica en grasa, el consumo de tabaco y el sedentarismo; y los factores ambientales como los rayos ultravioleta, la contaminación ambiental o los pesticidas. Si observamos a nuestro alrededor, comprobamos que la piel de las personas muy expuestas al sol envejece de forma precoz; los individuos con dietas ricas en grasa animal muestran más problemas cardiovasculares y respiratorios y las profesiones que tienden al sedentarismo posibilitan un mayor deterioro articular y muscular.

Ahora bien, ¿de qué manera se deteriora el organismo?. Los músculos son uno de los primeros elementos en verse afectados. Los radicales libres, la inactividad y una mala circulación de la sangre, hacen que las fibras musculares pierdan elasticidad y se conviertan lentamente en cuerdas tendinosas que, además de tener poca resistencia para hacer frente al esfuerzo, “tiran” de las articulaciones y “doblan o encorvan” el cuerpo.

Cuidar la alimentación
Lo mismo sucede con los vasos sanguíneos: los radicales libres facilitan que la grasa circulante en la sangre, sobre todo si es de origen animal, sea “pegajosa” y se una a las paredes de los vasos sanguíneos obstruyendo las arterias lentamente. ¿Sabía que, debido a la mala alimentación, a partir de los 20 años todos tenemos “manchas” de grasa en las grandes arterias del organismo?.

Para romper este círculo vicioso (organismo-factores agresivos-radicales libres-degeneración celular-más radicales libres-más envejecimiento…) hay que reducir la incidencia de los factores nocivos evitando su práctica (alcohol, tabaco, “tueste” al sol, sedentarismo, alimentación grasa). Por otro lado, hay que facilitar al organismo la eliminación de los radicales libres con una alimentación a base de verduras y hortalizas, ejercicio físico y descanso nocturno, ya que es sobre todo durante este periodo cuando el organismo limita al mínimo la producción de radicales y al mismo tiempo se dedica a eliminar o neutralizar aquellos que se han producido.