En los últimos tiempos se escuchan y leen muy habitualmente informaciones sobre los efectos beneficiosos que el consumo de vino -sobre todo tinto- ejerce sobre la salud. Cada vez se investiga más a este respecto, y casi siempre con resultados positivos. Pero no hay que engañarse, la idea de asociar el vino con la salud es mucho más antigua que la civilización actual. Se trata de una relación que viene de antiguo, de muy antiguo.

Ya en el Papiro Ebers, escrito aproximadamente 1.550 años antes de la era cristiana, se ofrecía la teoría de que la ingesta de esta bebida servía de tratamiento para curar determinadas enfermedades; una de ellas era la anorexia. En el mismo documento se recetaba el delicioso zumo de uvas para paliar la tos.

También los griegos consideraban el vino como una buena medicina. Hipócrates, inventor de la medicina, basaba sus remedios en el vino y el aceite; y eso sucedía hace 2.500 años. Athanaeus recurría a la posibilidad de emplearlo como vehículo de diversas drogas beneficiosas para los heridos, ya que les facilitaba el insomnio, aunque también señalaba la posibilidad de que provocara el efecto contrario. En términos menos médicos se manifestaba otro filósofo, Platón, para quien uno de sus mejores efectos era que renueva la juventud; “el hombre comienza a sentirse reconciliado consigo mismo”, decía mientras recomendaba que la ingesta se hiciese como acompañamiento de las comidas.

Enfermedades cardiovasculares
Ya más cerca de nuestros días, en 1904, un investigador llamado Cabot apuntó la posibilidad de que el consumo de vino fuera beneficiosos para la arteriosclerosis. Y en 1952 otro investigador, I.S. Wright recomendó abiertamente su ingesta para estos enfermos. Los primeros trabajos sobre el efecto de la bebida sobre las enfermedades cardiovasculares datan de 1957, cuando se realizaron una serie de experimentos con ratas, en los que se demostraron que el organismo reducía la absorción de grasas y alcohol. Más tarde se comprobó que algunas sustancias presentes en los tintos ayudan a la reducción del colesterol en sangre.

En cuanto al vino blanco, parece demostrado que tiene efectos diuréticos. Estos aumentan en caso de que se trate de espumosos, debido al ácido carbónico. Del mismo modo, los antocianos que se encuentran en los vinos blancos atacan ciertos microorganismos infecciosos. En un estudio realizado en 1971, se ponía de manifiesto cómo estos caldos ejercen una acción sinérgica que beneficia y prolonga la acción antibiótica de la aureomicina.

En un tono algo más jocoso se puede reseñar la idea de Pasteur, gran entusiasta del vino, para quien es “la más higiénica y sana de las bebidas”. Por su parte, Alexader Fleming, aseguró que l”a penicilina cura, pero el vino hace a los hombres felices” Todas estas opiniones, desde las más antiguas, son de personas que no desconocen la peligrosidad de esta bebida si se consume en grandes cantidades. Por eso, siempre se hace referencia al consumo moderado de la misma. Un profesor de la Universidad de Stanford lo argumenta asegurando que la aspirina ingerida en exceso, también produce graves trastornos.