¿Sufres estrés?

23 septiembre, 2008 · Archivado en Salud · Comenta 

Desde el final de milenio se asiste en butaca de patio al desconcertante despliegue de las llamadas enfermedades de la civilización. El protagonismo del estrés no tiene límite y sus costes laborales, sociales y personales tampoco.

Su siniestra sombra se proyecta sobre el absentismo, el divorcio, las arcas de la Seguridad Social, el alcoholismo, la depresión, la caspa y caída del cabello, los problemas sexuales, la neurosis, el tabaquismo, el insomnio o la drogadicción. También se persona en el desarrollo del cáncer, el asma, la gastritis, la colitis, la migraña…

Estrés urbano
El estrés afecta a una úlcera más que la alimentación, y hasta los veterinarios se lo diagnostican a perros y gatos. Lo extraño hoy es vivir en una ciudad y no padecerlo, aunque cualquier día nos sorprenderán hablando del estrés rural. Uno se siente indefenso y amenazado en un mundo competitivo e insolidario donde todo cambia a un ritmo de vértigo.

Estar a la altura de las circunstancias y dar la talla en cada uno de los frentes se convierte en una empresa titánica. La presión psicológica de este “vivir al borde” se instala furtivamente en las ajetreadas cabezas de los “urbanitas” y, a partir de ese momento, se llama estrés a todo lo que agrede.

El ruido, las prisas, la hiperactividad o el exceso de responsabilidades genera una tensión diaria a la que el organismo responde. La reacción más visible es la aceleración del ritmo cardiaco y la respiración, pero también se traduce en estados de irritabilidad, ansiedad, angustia existencial… A su vez, estos síntomas repercuten en la vida cotidiana y, reconvertidos en causas, precipitan a un círculo vicioso.

Cambios necesarios
La solución pasa por aprender a encajar sus golpes a base de introducir cambios en los hábitos de vida y profundizar en las técnicas de relajación. Es importante controlar la dieta y el consumo de estimulantes (café, té, alcohol, tabaco, drogas…). En situaciones de estrés el cuerpo no da a basto para eliminar tóxinas y esto provoca una sensación de fatiga crónica. Para recuperar el tono vital, beba mucha agua y tome un baño al menos una vez por semana.

Relajación natural
Escuchar música, darse una ducha caliente o pulverizarse el rostro con agua fría son pequeños trucos que ayudan a relajarse, aunque no está de más acudir a métodos más sofisticados como el yoga, el masaje o la sofrología. Practicar algún deporte también es una forma de descargar tensiones.

Entre las hierbas, destacan el espliego, la melisa, la valeriana, la salvia, el romero y el ginseng. La jalea real, el polen y los suplementos vitamínicos aportan su granito de arena. El magnesio hace disminuir la excitación nerviosa y está presente en los frutos secos, el chocolate, las legumbres, los cereales con cáscara, etc.

Niños hiperactivos: sin descanso

23 septiembre, 2008 · Archivado en Familia · 1 Comentario 

En el colegio es incapaz de atender en clase, todo le distrae y con frecuencia interrumpe a la profesora cuando está hablando. La inquietud de su mente es extraordinaria. Este comportamiento refleja todos los síntomas que caracterizan al trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

Aunque no existen datos exactos, se cree que en España, entre un 3% y un 5% de los niños sufre este problema, que es una de las principales causas de fracaso escolar.El comportamiento de estos niños altera la convivencia familiar, los padres se ven desbordados ante una máquina que nunca descansa, pero en muy pocas ocasiones el problema se identifica como tal.

Posibles causas
Esta disfunción biológica, que hace que el niño “no pare quieto y no preste atención a las cosas”, surge por problemas en el parto y fue reconocida como tal en los años cincuenta.

Los factores genéticos tampoco están descartados. Según las investigaciones del psicólogo Russell Barkley, de la Universidad de Massachusetts, el 40% de los niños con déficit de atención e hiperactividad tiene un padre que sufre este mismo trastorno, y un 35% tiene un hermano que lo padece. Además, si el hermano es un gemelo idéntico, este porcentaje asciende hasta el 92%. Sin embargo, hasta ahora el gen o los genes en cuestión no se han descubierto. Lo que sí parece estar claro es que el problema es más común entre los varones, en una proporción dos o tres veces superior.

¿Hiperactivo o hipercinético?
No es fácil diagnosticar este trastorno en un niño. Al fin y al cabo, ¿cómo se puede distinguir un mal comportamiento por causas puramente ambientales, de un trastorno mental que supuestamente tiene un origen fisiológico? El problema se complica al no existir ningún marcador biológico fiable que los distinga. Esta indefinición lleva a que, en muchas ocasiones, los términos hiperactivo e hipercinético se utilicen indistintamente, cuando tienen poco que ver.

Ambos se refieren a niños que se mueven mucho pero, mientras en el segundo de los casos sólo ocurre en momentos o situaciones determinadas, los hiperactivos “lo son las 24 horas del día y los 365 días del año y sufren el problema desde el nacimiento. En ellos el movimiento no es el problema en sí, sino el aspecto más visible de su déficit de atención; “es como si tuviesen un motor interno”.

Cuando el interés es muy grande, el niño consigue mantener la atención, pero a costa de moverse. “La capacidad de atención del hiperactivo es muy reducida por ello, para procesar la información que recibe, necesita recargar estos niveles y lo hace cambiando de actividad o moviéndose”.

Acertar en el diagnóstico
El TDAH suele ir acompañado de dificultades en el aprovechamiento escolar y tiende a confundirse muchas veces con problemas de conducta. La experiencia de estos niños en la escuela generalmente suele ser desastrosa. Se les castiga frecuentemente por no prestar ninguna atención en clase, muchos de ellos repiten cursos y una tercera parte ni siquiera consigue el título del bachillerato y en ocasiones se asegura que “a un hiperactivo no se le puede tratar disciplinariamente, ya que si no se añade una tensión suplementaria que genera estrés y ansiedad”.

El problema no se supera con la edad, el TDAH es una condición crónica cuyos efectos suelen perdurar, con intensidad variable, a lo largo de toda la vida. Pero si se identifica de forma prematura, con 5 ó 6 años, y se le somete a un tratamiento adecuado basado en programas para mejorar la atención, un asesoramiento a los padres y -sólo en determinados casos- fármacos (estimulantes, y no tranquilizantes como cabría pensar), el desarrollo en su etapa de adulto será totalmente normal.