La agricultura biológica persigue la obtención de frutos sanos, equilibrados y nutritivos, mediante sistemas de cultivo que mantengan y acrecienten la fertilidad de la tierra. Los que la practican no utilizan productos químicos ni sintéticos de ninguna clase y rechazan la manipulación genética. Tampoco se practican monocultivos, ni se fuerza la tierra, “no se la droga con estimulantes, ni se la hace dependiente de los llamados “tratamientos de protección”, explican desde la Asociación Vida Sana.

El proceso implica volver a utilizar los métodos tradicionales y, con ello, a cuidar el medio ambiente. Los agricultores suplen los avances de la técnica con conocimientos ancestrales. Así, mezclan en un solo campo el cultivo varias especies para aprovechar las sinergias; por ejemplo, una ristra de ajos en medio de un campo de lechugas repele los insectos. Otra táctica de los agricultores es optar por las especies autóctonas, que siempre son más resistentes.

El resultado son unos productos de gran calidad, pero algo más caros y difíciles de encontrar en el mercado. Los agricultores y ganaderos que han optado por lo ecológico explican este encarecimiento por las medidas que utilizan, menos agresivas con el medio ambiente -los cultivos biológicos se nutren sólo de abonos orgánicos- lo que supone un crecimiento más lento y en menor cantidad, es decir, una producción más modesta.

Además, este colectivo puede difícilmente competir con los grandes canales de distribución, y la rotación de cultivos obliga a dejar descansar parte de las tierras cada año. Sus defensores aseguran que el precio se traduce en una calidad superior que cifran en un aumento del valor nutritivo de entre un 35% y un 40%.

Diversos estudios demuestran que las frutas y verduras biológicas tienen un 18% más de proteínas y un 28% más de vitamina C que las convencionales. Por el contrario, tienen hasta un 93% menos de nitratos. El dato cobra relevancia si se tiene en cuenta que este habitual abono químico no contamina sólo el agua y el suelo, sino también a los que ingieren los alimentos tratados con él.

A pesar de sus innumerables ventajas y de que, según una reciente encuesta, cerca de dos tercios de los españoles conocen o han oído hablar de los productos biológicos, de momento, los ciudadanos ibéricos no contribuyen demasiado a la llamada “revolución verde”. En la actualidad existen unas 380.000 hectáreas dedicadas a la agricultura ecológica, pero el 85% de la producción se exporta a Centroeuropa, Japón y EE.UU.

El consumo ecológico en nuestro país se remonta a 1975 cuando comenzaron a venderse los primeros productos en establecimientos de dietética. Casi veinticinco años después no supera el 0,1% del consumo alimenticio total; aún se está muy lejos del consumo de otros países europeos que ya llegan al 20%.

Otro de los problemas a los que se ha tenido que enfrentar la agricultura biológica es la falta de legislación. Antes de que el sector se regularizara, en 1989, se vendieron productos normales como ecológicos y la imagen de estos últimos sufrió un duro revés. Con la puesta en marcha del Consejo Regulador de la Agricultura Ecológica (CRAE), y posteriormente de los consejos autonómicos, estas prácticas se han erradicado casi totalmente.

Hoy todos los alimentos llevan una garantía de certificación biológica. Productores, distribuidores, vendedores y consumidores se encargan de presionar a los organismo oficiales para que los análisis e inspecciones se hagan con la frecuencia y rigor necesarios. En la actualidad, el principal frente de batalla está en el control del uso que se hace de términos como ecológico, biológico, orgánico…, así como de los vocablos bio y eco.

Otra cuestión pendiente se encuentra en la comercialización y distribución. Hoy estos productos pueden adquirirse, además de en tiendas de dietética, en asociaciones y cooperativas de consumidores, en mercadillos semanales y en las propias fincas; pero la presencia en los supermercados, aunque aumenta sin descanso, es todavía testimonial.